La regla de los 5 minutos
- julyosoriohh
- hace 1 día
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Hace un tiempo escuché algo que me quedó sonando: no digas nada a nadie a menos que lo pueda cambiar en los próximos cinco minutos.
Sí, a mi prima le dijeron que estaba muy blanca. (Silencio sepulcral...). Y pues, qué te puedo decir, amigo… sí. ¿Y?
Entonces, pensando en el tema, se me vinieron a la mente tres situaciones distintas. Tres conversaciones que, al final, terminan conectándose y que dejan un pequeño llamado a la conciencia.
A veces decimos cosas sin pensar. A veces la intención es buena. Pero a veces el resultado termina opacando la intención. Vivimos cargados de buenas intenciones y, por momentos, olvidamos otros aspectos: la forma, el momento y, quizá el más importante, el estado del otro y las batallas que cada uno libra por dentro.
Por ejemplo, ¿sabes si está blanca por elección o por una restricción? Situación muy diferente a cuando la persona con la que hablamos tiene un cilantro entre dientes. Ahí sí, por favor ayúdala. En bastante menos de cinco minutos, encontrará la manera de resolverlo y evitar la vergüenza de seguir repartiendo sonrisas verdes.
Pero la regla de los cinco minutos no solo aplica a lo que decimos directamente. También revela otra cosa: lo fácil que es hablar sin saber. Hace poco una amiga me contaba que, antes siquiera de hablarle, le abrieron los ojos, levantaron las cejas e hicieron esa cara de “o sea”, para preguntarle por qué no iba al gimnasio.
Hmmmm. Amiga… ¿le preguntaste si iba al gimnasio? ¿O fue una suposición?
Y aquí aparece otro problema: hablamos sin conocer el contexto. Olvidamos algo muy simple pero muy poderoso: preguntar. Preguntar no solo abre una puerta. Abre el contexto.
Sí, aquí aparece mi versión regañona.

Porque una pregunta abre una puerta. Y detrás de una siempre hay otra, como un pasillo infinito que se sigue abriendo. Porque preguntando empezamos a entender. A ubicarnos. A conocer al otro. Y también a descubrir hasta dónde el otro quiere que entremos en su historia.
Preguntando podemos llegar a conocer las vulnerabilidades del otro. No para aprovecharlas, sino para saber si donde estamos tocando hay una herida que es mejor dejar quieta… o un espacio donde tenemos permiso de entrar.
Y de ahí se desprende otro fenómeno curioso.
Están las personas que, cuando no tienen de qué hablar contigo, se acercan para hablar del otro. Para comentar sus medias, su corte de pelo o el largo del short. Lo que sea.
Lo curioso es que estas personas no van donde el otro a decirle que sus medias están demasiado coloridas, que no les gusta su pelo o que el short les parece muy corto. No. Pero sí buscan a alguien más para comentarlo.
¿Por qué?
Hoy lo hablaba con una persona que sí sabe de comportamiento humano. Su experiencia —y sus horas escuchando a infinitos pacientes— probablemente superan cualquier título colgado en una pared. Antes de responderme, me devolvió la pregunta: ¿por qué crees tú que alguien haría eso?
Y entonces vino una respuesta que me tomó un momento digerir.
A veces, pasamos por momentos en los que estamos tan abajo emocionalmente que no tenemos muchas herramientas para conectar desde otro lugar. Entonces, buscamos algo que, por un instante, nos haga sentirnos más arriba. Lo halamos hacia abajo. Una de las formas de lograrlo es señalando lo que para mí es un defecto del otro.
No siempre es maldad. Es simplemente falta de herramientas. Pero aquí vuelve a aparecer la famosa regla. Porque la regla de los cinco minutos no es solo una guía para evitar comentarios innecesarios. También es un pequeño filtro que nos obliga a preguntarnos algo antes de hablar.
¿Lo que voy a decir ayuda?
¿La otra persona puede hacer algo con esa información?
¿O simplemente estoy descargando algo que me pesa a mí?
Tal vez, aplicando la regla de los cinco minutos - o incluso de los cinco segundos - nuestras conversaciones serían distintas. Hablaríamos un poco menos del defecto del otro...
y un poco más desde la conciencia.



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